LA PORTADA

Colegiata de Santa María la Mayor de Calatayud

LA PORTADA

Texto: Herbert González Zymla / Diego Prieto López
Publicación: Calatayud. Historia, arte, arquitectura y urbanismo. Una guía para salvaguardar la ciudad. ISBN: 978-84-9911-553-5
Editada por: Centro de Estudios Bilbilitanos de la Institución «Fernando el Católico».

La iniciativa de dotar a la iglesia de Santa María la Mayor con un acceso monumental en su puerta del crucero meridional, surgió durante la visita pastoral que el 13 de septiembre de 1524 hizo a la colegiata el obispo Gabriel Ortí. El 5 de febrero de 1525, el obispo, junto al deán y cabildo de la colegiata, firmaron un contrato con los maestros escultores Juan de Talavera, de origen castellano, a quien actualmente se adjudica la fachada de la Universidad de Salamanca, y Esteban de Obray, natural de Rouen, uno de los artistas que introdujo el Primer Renacimiento normando en España, con el objeto de hacer una nueva portada, toda ella de alabastro extraído de las canteras de Fuentes de Jiloca. Gracias a dos epígrafes, situados en los laterales, consta que la obra estaba acabada en 1528.

El tejaroz o rafe actual, de tipo castellano, cuya ceja es muy volada, se debió poner poco después, para evitar que el agua de lluvia deteriorase los relieves. Se apoya en dos canes triples, situados en los extremos, que alcanzan cuatro metros de vuelo, sobre los que descansan dos vigas paralelas que sirven como jácenas del alfarje, el cual presenta cuatro paneles con decoración de jarrones de azucenas inscritos en tondos, centrados sobre cuarteles con motivos de carácter vegetal.

Pronto fue necesario levantar un contrafuerte a la izquierda de la portada para contener los empujes generados por algunos de los elementos de la fábrica. Además, la fragilidad del alabastro y la acción erosiva de los agentes atmosféricos han sido factores claves en el progresivo deterioro de la portada. En el epígrafe lateral derecho consta que en 1639 se rehicieron el pavimento, el zócalo y los pedestales inferiores. Durante el siglo XVIII hubo tentativas de reforma, pues el estado de la fachada empezaba a ser preocupante, continuando su deterioro en la centuria siguiente. El arquitecto Ricardo Magdalena, siguiendo en gran medida las propuestas de su predecesor Mariano López Altaoja, inició a partir de 1902 la intervención, consistente en consolidar y reintegrar las partes perdidas, a veces reinventándolas, sobre todo en las iconografías de las imágenes. El escultor Dionisio Lasuén y su equipo asumieron las labores de escultura en alabastro; en 1911 concluyó la restauración, ya bajo la dirección del arquitecto Ramón Salas. La reja que protege el conjunto, forjada en los talleres zaragozanos de José Engay, fue diseñada por el propio Ricardo Magdalena en 1903, con formas de naturaleza vegetal. Los trabajos, culminados por el arquitecto Teodoro Ríos, se prolongaron en los años siguientes hasta la restauración de las puertas por parte de los hermanos Albareda, siendo inaugurada la portada en 1927. Más adelante, tras varias intervenciones posteriores en las puertas y en el tejaroz, el Gobierno de Aragón impulsó la restauración integral de la portada, trabajo que concluyó en 2011. La actual apariencia es la consecuencia de todas las intervenciones que acabamos de señalar.

La estructura arquitectónica de la portada de Santa María, obra que es posterior a la fachada de Santa Engracia de Zaragoza, toma como referente la tipología de un arco de triunfo romano del siglo I, sobre el que se levanta un segundo cuerpo. Sobre un pódium o basamento, que inicialmente estaba labrado, pero que finalmente quedó totalmente liso, se alza el cuerpo principal, formado por dos grandes columnas de fuste abalaustrado, que soportan un entablamento, con friso corrido a base de ovas y contario, hojarasca, bichas y grifos afrontados y simétricos. Remata el conjunto un ático avenerado, flanqueado con dos columnas abalaustradas, semejantes a las del cuerpo inferior, que soportan un entablamento con friso de guirnaldas y bucráneos, y frontón recto. Se rematan los aleros con guirnaldas de flores y frutas de tradición romana y ángeles tenantes, llevando los emblemas heráldicos de Pedro Villalón, deán de Santa María, cuyo escudo divide su campo en dos partes representando una hoja de roble y una estrella de ocho puntas. En los extremos, en posiciones muy forzadas y en bulto redondo, hay dos alabarderos con escudo, casco, coraza y picas, que simbolizan la protección del templo.

La portada acoge un complejo programa iconográfico. En el eje central, como es lo habitual en esta clase de portadas, se representó la manifestatio, expresión figurativa de un dogma de fe, que en el caso concreto de Santa María la Mayor es la Santísima Trinidad. Sobre la clave del arco que da acceso a la iglesia, se representó a la Virgen con el Niño, rodeada de ángeles y querubines, de apariencia fusiforme, de acuerdo a los ideales de belleza del Renacimiento, con dos ángeles músicos que tocan una guitarra primitiva y un arpa. En las enjutas del arco se labraron dos lábaros en relieve desarrollando el crismón, con los símbolos de la eternidad y la atemporalidad, rodeado de una corona de laurel de tradición clásica. El Espíritu Santo, en forma de paloma y de luz, materializada en forma de lenguas de fuego, está representado en el relieve narrativo del ático, donde se representó Pentecostés.

En las jambas se desarrolla la testificatio, es decir, la representación de personajes del Nuevo Testamento y santos que, a través de sus experiencias, dan fe de que el principio dogmático está correctamente expresado. Dentro de hornacinas aveneradas, separadas por balaustres que soportan un entablamento enlazado con la imposta del arco, se alojan esculturas, casi de bulto redondo, que representan a santos intercesores por la salvación del alma el día del Juicio Final. A la derecha están San Prudencio, San Roque y Santa Lucía. A la izquierda, Santa Catalina, Santiago Apóstol y San Íñigo. Las seis esculturas estaban muy erosionadas, perdidas completamente o decapitadas y fueron objeto de una severa reintegración. Sobre las jambas, a ambos lados del arco, dentro de dos grandes hornacinas aveneradas, están los Santos Pedro y Pablo. A sus respectivos lados, apoyados sobre dos pequeñas columnas abalaustradas con dosel, están los Santos Juanes. A San Juan Bautista, se le representó con el pelo alborotado, piel de camello cubriendo su desnudez y señalando con la mano derecha el libro con el cordero. La estatua de San Juan Evangelista, perdida en fecha incierta y repuesta posteriormente, se ajusta al modelo imberbe, con el evangelio en la mano y el águila a los pies. En los laterales del primer cuerpo, semejando la función que tendría en un retablo el guardapolvos, ejecutados en yeso, se hicieron unos grutescos, donde se alojaron los epígrafes antes comentados, labrados en alabastro, acompañados de los escudos del obispo Gabriel Ortí, a la izquierda, y Baltasar Navarro, a la derecha, lo que sugiere que podrían ser obra de hacia 1639.

Las puertas, de madera de roble y nogal, ejecutadas por Esteban de Obray, tienen una estructura dividida en dos hojas, cada una de las cuales está dotada de dos calles con tres pisos, separados entre sí con entablamentos y molduras. Los pisos inferiores desarrollan paneles con grutescos y candelieri de directa inspiración italiana, cuyo repertorio es de raíz toscano-lombarda. En el tercer piso, coincidente con la rosca del arco, se labró en relieve la Anunciación, cuya cualidad más singular es el rico tratamiento de paños para simular que se agitan movidos por el aire generado con el batir de las alas del arcángel.