EL CLAUSTRO GÓTICO MUDÉJAR
Publicación: Calatayud. Historia, arte, arquitectura y urbanismo. Una guía para salvaguardar la ciudad. ISBN: 978-84-9911-553-5
Editada por: Centro de Estudios Bilbilitanos de la Institución «Fernando el Católico».
La construcción del claustro de Santa María la Mayor se data en fecha incierta entre el último tercio del siglo XIV y la segunda década del siglo XV, en relación directa con tres acontecimientos: la reconstrucción de las iglesias del arcedianato de Calatayud inmediatamente posterior a la Guerra de los dos Pedros, la fundación de una cátedra de Teología en 1413, convertida después en Estudio General, y la protección directa de Benedicto XIII, el Papa Luna. En 1412 el caballero Miguel Sánchez de Algarabí donó al deán y cabildo de Santa María de Calatayud su biblioteca con destino a la fundación de una cátedra de Teología, cuya confirmación pontificia concedió Benedicto XIII, en documento dado en Peñíscola el 27 de septiembre de 1413, especificando que las actividades docentes debían desarrollarse en el claustro de Santa María la Mayor. Años más tarde, en 1415, el mismo papa creó el Estudio General de Calatayud, tomando como modelo el de Montpellier.
Los datos que acabamos de señalar han dividido a los historiadores que han estudiado el claustro de Santa María en dos grandes grupos: quienes afirman que en 1413 el claustro ya estaba construido y quienes entienden que, con la protección del Papa Luna y a la sombra de las necesidades docentes del Estudio General, se reedificó, amplió o completó en ese momento su construcción. La autoría de las obras también ha sido objeto de discusión. Una parte de los investigadores consideran el claustro una obra rotundamente indocumentada y en consecuencia, anónima, mientras que otros concluyen que debe atribuirse al alarife Mahoma Rami, que desarrolló la mayor parte de su actividad profesional al amparo de los Luna.
Desde el punto de vista arquitectónico, es un claustro de planta rectangular, con nueve tramos en los lados mayores y cinco en los menores, lo que determina veinticuatro tramos de planta cuadrada, cubiertos con bóveda de crucería simple, que apean su peso en haces de triples columnas adosadas a los pilares, en el lado del patio, y en ménsulas embutidas en el muro en el lado interior. Se trata de una solución bastante habitual en los claustros mudéjares de principios del siglo XV. Las crujías se abren al patio con sencillos arcos apuntados, reforzados al exterior con sólidos contrafuertes de sección rectangular, habiendo siete arcos en los lados mayores del rectángulo y tres en los menores. Tanto los perfiles de las nervaduras, como los de los arcos apuntados, desarrollan triple bocel cilíndrico. Todo el claustro está construido en ladrillo, excepto los capiteles, nervaduras, ménsulas interiores, columnillas y claves, que lo están en alabastro o en yeso.
La mayor parte de las claves son de yeso tallado y han conservado su decoración: una a base de lacería dibujando estrella de ocho puntas, las otras con variedad de motivos geométricos, dentro de clípeos rodeados con el doble nudo de la eternidad; otras a base de crestería trilobulada, recortada en el perímetro exterior, nudo de eternidad enriquecido con flores tetralobuladas y cuatro trilóbulos interiores, flanqueando un cuadrado con la letra B inscrita en su interior, interpretada de forma unánime como monograma del nombre Benedictus y como prueba material de la aportación financiera hecha por el Papa Luna. Para dar mayor riqueza se sobrepusieron en algunas de las claves de yeso, claves de madera dorada y policromada.
En el ángulo suroccidental se emplaza la sala capitular vieja, ajustada a planta cuadrada, considerada de forma unánime obra coetánea a las crujías del claustro. La intervención de 1966 permitió recuperar la bóveda de crucería simple y la fachada tripartita que le daba acceso, formada por una puerta en arco apuntado de triple moldura abocelada, flanqueada por dos ventanas bíforas de arco túmido.
El claustro de Santa María tiene algunas singularidades que lo alejan de las tipologías habituales en la arquitectura mudéjar de comienzos del siglo XV, cuyos claustros, generalmente, se ajustan a planta cuadrada, con cinco tramos por crujía. Que duplique el tamaño habitual en los claustros mudéjares, prolongando los tramos de las crujías este y oeste, se ha interpretado como una respuesta lógica a las necesidades de espacio derivadas de su uso como centro docente. Algunos investigadores consideran que su forma y tamaño se podrían explicar por la necesidad de ajustar la construcción a un solar preexistente, cuyas mayores dimensiones acabarían generando una estructura arquitectónica diferente de las habituales.
Lo más difícil de explicar es la relación angulada, de algo más de 37º, con que se relacionan el claustro y la iglesia propiamente dicha. La extraña disposición del claustro obligó a yuxtaponer a la crujía de acceso al templo tres tramos abovedados en crucería, dos de ellos ajustados a planta cuadrada, añadidos por Ramiro Moya en la restauración de la década de 1960, en sustitución de un muro que delimitaba este espacio, construido en el siglo XVII, y que él mismo transformó en un pilar exento, inventado a tal efecto, como lo es también el sistema de cubrición, frente al lugar donde se abre la puerta que permite el acceso desde la calle, y un tercer tramo, de planta trapezoidal, aprovechado para emplazar bajo su bóveda la puerta que da acceso a la iglesia y las escaleras que permiten salvar el desnivel de la cota del suelo claustral respecto del suelo de la colegiata. En la segunda mitad del siglo XV se monumentalizó este acceso añadiendo un tímpano flamígero y calado sobre un arco carpanel angrelado, rematado con un festón a base de cogollos vegetales de cardillo y trilóbulos pinjantes. La riquísima decoración del tímpano, a base de tracerías flamígeras con curvas y contracurvas, repite dos diseños diferentes, uno para hacer la orla exterior y otro para el cuerpo interior del tímpano. Tres ángeles tenantes sostienen escudos.
En los primeros años del siglo XVII se levantó en el claustro una segunda sala capitular, más grande que la antigua, de planta rectangular, dividida en dos tramos cubiertos con bóvedas de lunetos y decoración de naturaleza clasicista. Se construyó cerrando parte del espacio libre que dejaba el patio, reducido en sus tramos largos a cinco arquerías. Por esas mismas fechas se edificó un sobreclaustro que permitió ganar metros cuadrados de suelo útil a los canónigos y hoy acoge el museo de telas ricas. Ambas obras, la sala capitular nueva y el sobreclaustro, debieron construirse antes de 1617.
