LA IGLESIA COLEGIATA

Colegiata de Santa María la Mayor de Calatayud

LA IGLESIA COLEGIATA

Texto: Herbert González Zymla / Diego Prieto López
Publicación: Calatayud. Historia, arte, arquitectura y urbanismo. Una guía para salvaguardar la ciudad. ISBN: 978-84-9911-553-5
Editada por: Centro de Estudios Bilbilitanos de la Institución «Fernando el Católico».

El anhelo de transformar la colegiata de Santa María la Mayor en una catedral ha sido sistemáticamente frustrado por el Obispado de Tarazona que ha conseguido que el arcedianato no se segregara del territorio episcopal. La razón de fondo para estas tensiones político-administrativas fue siempre puramente económica, aunque los argumentos usados a favor y en contra fueron de índole espiritual y pastoral.

La puesta en marcha de las obras de reconstrucción de la colegiata se remonta a los años finales del siglo XVI. La vieja fábrica mudéjar de la iglesia de Santa María no resultaba adecuada a las aspiraciones episcopales de sus canónigos y, por ello, se tomó la decisión de demoler el edificio medieval, cuya estética resultaba impropia, y construir un nuevo templo de apariencia clasicista, asumiendo como propio el lenguaje italianizante del manierismo tardío.

Manteniendo el claustro, la torre y el exterior del ábside central, se edificó una gran iglesia de ladrillo sobre un potente zócalo de piedra, que respondía, en lo estructural, al modelo tradicional de la iglesia de planta de salón, usado en la arquitectura religiosa aragonesa del siglo XVI, con la novedad de afrontar un interesante problema compositivo, consistente en la introducción de una cúpula sobre tambor, un elemento estructural que también está presente en otras obras contemporáneas a Santa María, como la colegiata del Santo Sepulcro de Calatayud y, de un modo fallido, en la colegiata de Daroca.

En lo ornamental, el nuevo templo se ajustó a la estética del clasicismo severo y post-escurialense, con paralelos estrictos en lo que se hacía desde el último cuarto del siglo XVI en muchos lugares de Castilla. El resultado final fue una iglesia de tres naves, todas a la misma altura, levemente más ancha la central, con doce capillas entre contrafuertes, crucero levemente acusado en planta a través de la mayor profundidad de sus tramos, ocho bóvedas de arista en las naves laterales y tres bóvedas de casquetes elípticos sobre pechinas en la nave central, apeado todo sobre pilares cruciformes con pilastras de orden dórico toscano en los frentes. Las bóvedas, labradas en yeso encamonado y cortado con diseños geométricos de punta de diamante, son muy anteriores a la redacción del tratado de fray Lorenzo de San Nicolás, donde está cuidadosamente descrita esta técnica arquitectónica.

El crucero se cubrió con una cúpula de ladrillo sobre pechinas, en cuyos tondos fueron representados los cuatro evangelistas, cuyo tambor se ajusta a la planta circular al interior, con ocho ventanas adinteladas, dobles pilastras de orden dórico toscano y ocho hornacinas con santos de bulto redondo de madera dorada y policromada representando a San Pedro, San Pablo, San José, San Gaudioso, San Vicente Mártir, San Lorenzo, San Prudencio y San Millán, atribuidos al escultor Pedro de Jáuregui. Al exterior, la cúpula desarrolla planta octogonal, con tres óculos y cuatro pilastras dóricas por cada lado del octógono. Tiene una esbelta linterna rematada con un chapitel que, en el siglo XVII era de pizarra y en la actualidad, colocado en 1851 por un albañil apellidado Badesa, es de plomo.

La falta de documentación directa para el estudio de una obra tan ambiciosa impide adscribirla con seguridad a un autor y hacer una datación exacta de su proceso constructivo, estrictamente paralelo al de la iglesia del Santo Sepulcro. Ello ha llevado a no pocos investigadores a afirmar que la renovación de Santa María la Mayor debe datarse entre 1605 y 1613 y adjudicarse al arquitecto Gaspar Santibáñez Salcedo o de Villaverde, más conocido como Gaspar de Villaverde.