LA TORRE Y EL ÁBSIDE

Colegiata de Santa María la Mayor de Calatayud

LA TORRE CAMPANARIO Y EL ÁBSIDE MUDÉJAR

Texto: Herbert González Zymla / Diego Prieto López
Publicación: Calatayud. Historia, arte, arquitectura y urbanismo. Una guía para salvaguardar la ciudad. ISBN: 978-84-9911-553-5
Editada por: Centro de Estudios Bilbilitanos de la Institución «Fernando el Católico».

De la iglesia del siglo XV tan solo se han conservado el ábside central y el campanario. Actualmente se acepta que la elevación del ábside se hizo en dos fases y la de la torre, en cinco, separadas con la ayuda de impostas horizontales de ladrillo resaltadas en voladizo, que marcan el decreciente espesor de muro a medida que se ganan metros de altura, aligerando el peso de la torre, apoyando lo más liviano en lo más macizo, reforzado todo con contrafuertes en los ángulos del octógono que determina su planta.

La primera y más antigua fase constructiva corresponde a los cuerpos inferiores del ábside y la torre, obra totalmente edificada en ladrillo, contemporánea la una de la otra. El ábside central se ajusta a planta poligonal de ocho paños, de los que son visibles los cinco situados en la parte septentrional, quedando ocultos los tres restantes por la construcción de la sacristía del siglo XVIII. Cada uno de los siete paños disponía de una ventana ciega, en arco apuntado, sobre la que se dispusieron tres frisos de ladrillos en esquinilla, tacos que lejanamente recuerdan el tema del ajedrezado, y motivos geométricos en aspas enlazadas.

La torre se construyó sobre un machón hueco por dentro, usado como capilla advocada al Santo Cristo. A la capilla se accede desde el interior de la iglesia a través de un arco de medio punto enriquecido con profusos ornatos barrocos a base de pilastras corintias, frontones curvos partidos, temas vegetales, mascarones, cuernos de la abundancia, ángeles que sostienen la columna de la flagelación y la Santa Cruz, un pelícano eucarístico y el emblema heráldico de los Peralta Forcén Bernabeu del Castillo, que usaron este espacio como panteón funerario a partir de 1615, según reza un epígrafe. Desde el punto de vista técnico es una solución arquitectónica tan práctica como inteligente, puesto que los muros medievales son muy recios (con sólo una pequeña aspillera para iluminar la capilla), de algo más de 2 m de espesor, pensados desde el primer momento para soportar sobre ellos el peso de la torre. La capilla se cierra con una falsa bóveda semiesférica de ladrillo, construida por aproximación de hiladas, a la manera de una casamata, que, en el siglo XV, estaba reforzada por debajo con ocho nervios convergentes en clave única, generando una bóveda octopartita, similar a la que aún se puede ver en el baptisterio de la torre de San Andrés. En realidad, las nervaduras no tuvieron nunca la misión de reforzar la casamata, que era la encargada de apear el peso del machón central de la torre, por eso, en 1973 pudieron ser eliminados junto a los esgrafiados barrocos interiores.

El acceso a la torre propiamente dicha se hace a través de una pequeña escalera de caracol embutida en el alma del muro, a unos 9 m de altura, a través de una puerta en arco de medio punto. Como la mayor parte de los campanarios mudéjares, su tipología arquitectónica deriva del alminar musulmán del periodo almohade, formado, en la torre de Santa María la Mayor, por una doble torre de planta octogonal, una interior (llamada contratorre) y otra exterior, entre las que se sitúa la caja de escaleras, con cuatro cómodos escalones por cada tramo, haciendo el giro de subida en sentido antihorario. Las paredes de la torre interior hueca tienen un espesor de muro de no más de 30 cm, equivalentes al largo del ladrillo, lo que permite aligerar el peso de la torre interior, cuyas presiones se ejercen sobre la falsa cúpula de la Capilla del Cristo. Los tramos de escalera se cubren con bovedillas por aproximación de hiladas. La decoración exterior de esta primera fase constructiva se divide en dos cuerpos. El primero coincidente con la capilla del Santo Cristo, es idéntico al ornato del ábside. El segundo, de unos 10 m de altura, desarrolla bandas de ladrillos en esquinilla, tacos, cadenetas y recuadros enmarcando lacería de estrellas de ocho puntas. Se cierra esta fase constructiva con la apertura de ocho ventanas en arco apuntado, acaso un primitivo cuerpo de campanas.

Desde finales del siglo XV, las ciudades más relevantes de Aragón competían por expresar su prelacía y capacidad económica a través de la altura de las torres de sus iglesias. Autoridades civiles y eclesiásticas financiaron a partir de entonces continuos recrecimientos en los campanarios en un afán constructivo sin parangón en otras regiones. Calatayud no quedó al margen de esa tendencia, que tiene tanto de artístico como de sociológico. Fue entonces cuando se documenta la segunda fase constructiva del campanario de Santa María, consistente en alzar su altura 10 m, prolongando la doble torre octogonal y su escalera intramural. A diferencia de los cuerpos inferiores, donde quedaron superficies sin decoración, esta segunda fase se caracteriza por el horror vacui, cubriéndose la totalidad del paramento con ladrillos en resalte, que desarrollan cinco frisos con paneles de rombos, a la manera de sebka, con cruces rehundidas, separados por bandas de ladrillos en esquinilla, semejantes a las labores decorativas del textil y quizá inspiradas en ellas.

La tercera fase constructiva consistió en añadir algo más de 10 m de altura al ábside y al campanario. Esta fase, rotundamente indocumentada, corresponde al Primer Renacimiento y debe datarse entre 1500 y 1530, momento en que se asumieron en Calatayud las nuevas formas artísticas del Renacimiento, interpretadas por maestros de obras que mantenían las técnicas mudéjares precedentes. Quizá por un error en el uso de la plomada, quizá por la debilidad del suelo, se detecta en la torre del siglo XV una leve inclinación hacia el sur, que fue corregida por el anónimo maestro de obras de principios del XVI, que construyó el nuevo cuerpo de campanas dándole una perfecta verticalidad, eliminó la contratorre y añadió una escalera de madera para acceder a los cuerpos superiores. Aunque el repertorio ornamental fue el mismo, tres frisos a base de paneles de rombos con cruces embutidas en su interior, se diferencia de los anteriores por su mayor estilización. Otras dos diferencias importantes son el uso de ladrillos de mayor tamaño que los utilizados hasta el siglo XV, y la utilización del arco de medio punto de tradición romana.

La obra en el ábside, paralela al recrecimiento de la torre, consistió en montar, sobre los siete paños del siglo XV, un recrecimiento reducido a cuatro paños, con dos cuerpos de altura: en el inferior se abrió, por cada tramo, una ventana en arco de medio punto de tres arquivoltas, y en el superior, tres arcos de medio punto de dos arquivoltas, unidos entre sí con un resalte a la altura de las impostas. El paramento mural se enriqueció con un friso de rombos, ladrillos en esquinilla y cornisa volada para sostener el tejado. Por coherencia con el repertorio ornamental, pensamos que el contrafuerte que protege la portada meridional debió construirse en esta misma época.

En la cuarta fase, también anónima, se recreció la torre otros 6 m de altura, desarrollando dos arcos de medio punto en cada lado del octógono y una decoración escueta a base de rectángulos y cruces, coincidiendo probablemente con el final de la reconstrucción clasicista de la colegiata. La quinta y última fase consistió en un recrecimiento de 3 m de altura, desarrollando paramentos murales lisos con ventanas en ojo de buey, que sirven de base para un espectacular chapitel de pizarra bulboso, costeado por el canónigo de la colegiata José Mateo, cuya fecha de muerte, en 1775, ayuda a darle una cronología relativa.

El campanario de Santa María alberga cuatro campanas (dos grandes y dos pequeñas) y un campanico; una de ellas está fechada en 1736 y la otra fue refundida en 1975 en los talleres Salvador Manclús de Valencia. En la sala alta se conservan dos matracas, que sustituían el sonido de las campanas en Semana Santa.

Desde el punto de vista formal, lo más destacado de la torre de Santa María la Mayor, es que, a pesar de sus múltiples fases constructivas, sucesivos recrecimientos, diferentes maestros de obra y distintos repertorios ornamentales, mantiene una notable coherencia formal que la han hecho merecedora de ser reconocida Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2001.