LAS CAPILLAS LATERALES
Publicación: Calatayud. Historia, arte, arquitectura y urbanismo. Una guía para salvaguardar la ciudad. ISBN: 978-84-9911-553-5
Editada por: Centro de Estudios Bilbilitanos de la Institución «Fernando el Católico».
A continuación, se analizan las doce capillas perimetrales, empezando por la que está junto a la puerta de acceso, a la altura del crucero, en el mismo sentido en que giran las agujas de un reloj. Constituyen cada una de ellas una auténtica iglesia dentro de la colegiata, concebida de forma autónoma, con notable independencia unas de otras, variadas advocaciones y gran calidad en lo tocante a su exorno artístico y mobiliario.
La primera de las capillas abiertas en el lado de la epístola está consagrada a la Virgen Blanca. Fue el panteón familiar de los García de Vera, cuyas armas están allí continuamente representadas. Se ajusta a planta rectangular, cubierta con bóveda de lunetos, adornada con lacerías y motivos vegetales. Su fachada de acceso es un arco de medio punto con pilastras, entablamento y frontón curvo partido.
El retablo que remata el muro testero presenta tres fases de cronologías y autores distintos. La parte más antigua es la Virgen Blanca, una talla gótica, esculpida en piedra policromada, del segundo cuarto del siglo XIV, alojada en la hornacina central de un retablo del Primer Renacimiento, que, a su vez, está enmarcado dentro de un retablo protobarroco del siglo XVII. El retablo de madera dorada del primer tercio del siglo XVI está dotado de banco y cuerpo, divididos en tres calles, separadas por pilastras y entablamentos con delicados grutescos y candelieri atribuidos a Juan de Moreto. En el banco se alojan tres tablas pintadas al óleo donde se representa: la Resurrección de los Muertos, la Misa de San Isidoro y la Misa de San Gregorio. En las calles laterales, ambas con la misma estructura, se alojan, dentro de tablas de remate semicircular, santos y santas en oración, y sobre ellas, clípeos con los Arcángeles San Miguel y San Rafael.
El retablo del segundo cuarto del siglo XVII, que actúa como marco del anterior, está dotado de predela con dos óleos donde se representan dos parejas de santos entre los que se pueden identificar a San Nicolás de Bari y San Anastasio y relieves en los plintos de las columnas con San Juan Bautista y San Jerónimo. El cuerpo central, flanqueado por triples columnas corintias de fuste escamado, se remata con un entablamento y un frontón curvo partido con potentes volutas. En el ático, un lienzo dedicado al Nacimiento de la Virgen, atribuido, junto a los del banco, a Jusepe Martínez y un Dios Padre bendiciendo de bulto sobre el frontón curvo. De las paredes laterales de la capilla cuelgan dos lienzos con las Benditas Ánimas del Purgatorio y San Joaquín y la Virgen.
La capilla de San Paterno se edificó a mediados del siglo XVII con el fruto de la venta del legado que el obispo Jorge Bardají y Ram había hecho en 1463 a favor del Estudio fundado por el Papa Luna. Como fue usada por la familia Zapata como panteón, campean por igual las armas del cabildo, las del obispo Bardají y las de los Zapata. Desde el punto de vista arquitectónico se ajusta a planta rectangular, cubierta con bóveda de lunetos, adornada con lacerías y motivos vegetales del Barroco. La portada que le da acceso es un arco de medio punto, flanqueado por pilastras decoradas con hojas, frutos y paños colgantes, coronado con entablamento y frontón curvo partido, con ángeles recostados en los derrames. El retablo que corona el muro testero fue labrado en madera dorada en la segunda mitad del siglo XVII. Está compuesto de banco, cuerpo central flanqueado por dobles columnas salomónicas con los fustes cuajados de pámpanos de vid, entablamento y ático flanqueado con dobles pilastras y frontón curvo partido.
Todas sus pinturas son óleos sobre lienzo que relatan en imágenes la vida de San Paterno. Las pinturas están atribuidas al pintor zaragozano Bartolomé Vicente. En el lienzo central se representa a San Paterno, vestido con roquete de sacerdote, llevando el crucifijo en la mano izquierda y gesticulando con la derecha, en el momento en que predica con ardor el cristianismo a los bilbilitanos. En un celaje tormentoso, abierto con rayos de luz, aparecen Dios Padre, bendiciendo al prelado en su labor pastoral, y el Espíritu Santo en forma de paloma. En el banco hay cuatro lienzos, muy deteriorados, donde se representa a San Paterno bautizando a los habitantes de Bilbilis, junto a tres escenas de martirio sin identificar. En el ático, con notable sentido del movimiento, está representada la Decapitación de San Paterno.
La capilla de San Juan Bautista, usada como baptisterio de la colegiata, está abierta en el último tramo de la nave de la epístola. Fue construida y patrocinada por la familia Sessé. Parte del interés de esta capilla reside en ser una de las mejor conservadas de la colegiata, tanto por su coherencia estilística e iconográfica, como por la calidad de las obras allí conservadas, desde los arrimaderos de azulejos de cuenca seca (uno con las armas de los Sessé), hasta los estucos de la cúpula sobre pechinas desarrollando temas vegetales, pasando por la mesa de altar (cuyo frontal de raso blanco bordado en plata es del siglo XVIII).
Se accede a la capilla a través de una portada en arco de medio punto, realizada en estuco, alabastro y piedra negra de Calatorao, flanqueada por dos pilastras, con un entablamento muy volado y doble frontón partido con prominentes volutas y ático, cuya caja interior acoge un relieve con San Juan Bautista niño. Se completa el conjunto con alegorías de las virtudes: flanqueando la puerta están la Fe, portando la cruz y el cáliz, y la Esperanza, con el ancla. Sobre las torretas situadas encima de los frontones curvos están la Justicia, con la balanza, y la Fortaleza, con la columna. Esta portada se puede relacionar con la de la capilla de la Piedad en la misma colegiata y con la portada de la sacristía nueva de la iglesia del monasterio de Santa María de Veruela.
El muro testero está presidido por un retablo cuya mazonería es anónima. En el banco, en relieve, están representados los cuatro evangelistas en los pedestales que soportan las columnas salomónicas, y en lienzo, coincidiendo con la calle principal, dos cuadros con la Anunciación a Zacarías y el Nacimiento de San Juan Bautista. El cuerpo central, formando una sola calle, flanqueada por dos pares de columnas salomónicas con el fuste cubierto de hojarasca y racimos de uvas, está ocupado por un óleo sobre lienzo con la Degollación de San Juan Bautista. Sobre el friso, con abundantes ménsulas decoradas con temas vegetales, en el ático, el lienzo del Bautismo de Cristo, atribuido, como el anterior, a Bartolomé Vicente, en este caso copiando con acierto la composición ejecutada en 1682 por Juan Carreño de Miranda para el retablo de la Iglesia de San Juan Bautista de Madrid (actual iglesia de Santiago). Sobre el entablamento, a la altura de las columnas, en bulto redondo, los Santos Pedro y Pablo. Dentro del frontón partido que corona el ático figura el escudo de los Sessé.
Los lienzos de desarrollo horizontal que cubren los muros laterales representan la Predicación de San Juan Bautista y el Banquete de Herodes. Se han atribuido a Pedro Aibar Jiménez. En los lunetos, en relieves de estuco, figuran los patrones de las órdenes mendicantes: San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán, y en los óvalos de las pechinas los cuatro padres de la Iglesia: San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y San Gregorio. La pila bautismal es de alabastro del siglo XVII, tiene un pedestal octogonal y está decorada con cuatro cabezas de querubines.
La capilla de San José se sitúa a los pies de la nave de la epístola y era propiedad de la cofradía integrada por los gremios de la madera: escultores, carpinteros, albañiles, carreteros y cuberos. En 1625 el cabildo de Santa María concedió permiso para poder edificarla. La puerta que comunica con unas dependencias parroquiales es de madera de nogal de la segunda mitad del siglo XVII, adornada con temas vegetales, dividida en cuarterones con relieves inscritos que representan herramientas de carpintero y un relieve con la Sagrada Familia.
La capilla propiamente dicha se ajusta a planta cuadrada, cubierta con cúpula sobre pechinas. Las decoraciones al fresco las ejecutó el pintor Rafael Blasco en 1864. El actual retablo es una obra probablemente realizada por Félix Malo, concebida con un sentido escenográfico coherente con los gustos del Barroco de mediados del siglo XVIII. El relieve central, donde se representa la Muerte de San José atendido por Jesucristo, la Virgen y un ángel, se concibió como el escenario de un teatro con telón de dos cortinas de color verde, recién descubiertas, y algunas herramientas de carpintero por el suelo de la escena.
Desde el punto de vista arquitectónico, consta de banco, cuerpo central flanqueado por dos columnas corintias, a cuyos lados, en bulto redondo, están Santa Ana y San Sebastián, en posiciones muy forzadas, y ático con Dios Padre bendiciendo, rodeado de nubes, rayos de luz materializados, cabezas de querubines y ángeles. Entablamentos partidos, tarjas, rocallas, pilastras y flameros constituyen el repertorio ornamental de gusto rococó, cuidadosamente dorado, con el que se cubre toda la superficie del retablo. De la pared cuelga un lienzo de autor desconocido con la Adoración de los pastores pintado hacia 1600.
La capilla de San Joaquín, situada a los pies de la nave central, fue erigida a expensas del canónigo Martín Andrés, cuyas armas figuran sobre el arco de ingreso y el remate de la reja. Debe su importancia a haber sido el lugar donde se hacían enterrar los canónigos de la colegiata. La construcción se documenta entre 1641 y 1644. Desde el punto de vista arquitectónico, la capilla se ajusta a planta cuadrada, cubierta con cúpula con linterna, alzada sobre pechinas decoradas con los padres de la Iglesia en relieve. Su portada se organiza con un arco de medio punto, flanqueado por dos pilastras sobre pedestales de piedra negra de Calatorao y jaspe, entablamento, frontón curvo con volutas con niños portando cuernos de la abundancia y un ático con hornacina avenerada, que aloja un San Joaquín con la Virgen Niña junto a dos obispos sin identificar, situados en los extremos. Corona el ático un frontón triangular partido que alberga un Pelícano Eucarístico.
La reja que protege la capilla tiene un armazón de madera dorada, barrotes de hierro cilíndricos, enriquecidos con nudos de bronce dorado en forma de esferas, de tradición escurialense. Cuatro pilastras de sección cuadrada dividen la reja en tres calles, con un remate central, bastante voluminoso, con el escudo del canónigo Martín Andrés.
El retablo que preside este espacio fue realizado por los escultores bilbilitanos Pedro Virto y Bernardino Velilla hacia 1643. Consta de banco, cuerpo de una sola calle, flanqueado a cada lado con dobles columnas de orden corintio con el tercio inferior del imoscapo retallado y los dos tercios superiores escamados, rematado en frontón curvo partido, alojando un ático con frontón curvo. La calle central acoge un lienzo firmado en 1645 por el pintor madrileño Bartolomé Román en el que se representa a la Virgen niña con Santa Ana y San Joaquín. En el fondo se representó, a la izquierda, la Aparición del Ángel a San Joaquín cuando cuidaba el rebaño, y a la derecha, San Joaquín y Santa Ana abrazándose ante la Puerta Dorada. En la parte superior, Dios Padre con dos ángeles músicos tocando la viola frotada con arco y el arpa, junto a ángeles cantores y querubines. Las restantes pinturas del retablo son de otra mano. En el banco se disponen cuatro lienzos con la Anunciación, la Huida a Egipto, la Presentación de la Virgen en el Templo y la Visitación. En el ático, un lienzo con San Martín donando su capa a un pobre, detrás de una Inmaculada de bulto redondo.
Cuelgan de los muros laterales dos enormes lienzos de formato apaisado, pintados en 1684 por Pedro Aibar Jiménez, en los que se representa la Adoración de los Reyes y la Adoración de los Pastores y sobre ellos, las efigies de Cristo y la Virgen. El sagrario y el frontal del altar son de comienzos del siglo XIX. La lámpara votiva, de plata en su color, está fechada en 1647 y tiene el escudo de Pedro de Luna, acompañado del lema: mengua y crece pero nunca desfallece.
La antigua capilla de San Juan Evangelista, hoy dedicada a Santa María de la Cabeza, se sitúa a los pies de la nave del evangelio. Su portada, obra del primer tercio del siglo XVII, obedece al mismo modelo arquitectónico de las capillas de la Virgen Blanca y la Inmaculada: dos pilastras, entablamento y frontón curvo partido con volutas, y está presidida por el escudo de los Morlanes, que usaban este espacio como capilla funeraria. Combina mascarones, niños y motivos vegetales, con decoración de lacería. Su retablo procede del desaparecido convento de San Antón y está ubicado en el lugar que ocupó el antiguo, hoy perdido. Es obra de la segunda mitad del siglo XVIII, con predela, tres calles, frontón partido y elementos recortados para añadirle movimiento. Lo preside la Virgen de la Cabeza, una imagen de vestir, ricamente ataviada, con San Blas y Santa Paula en los laterales, la Tau de San Antón dentro de un clípeo y el monograma del nombre de Jesús, el IHS, en el ático.
La capilla de la Piedad es la más occidental de las del evangelio. Se ajusta a planta rectangular y está cubierta con bóveda de cañón. La portada y la bóveda están profusamente decoradas según los gustos del Barroco decorativo de la primera mitad del siglo XVIII, cubriendo la totalidad de la superficie con estucos que desarrollan roleos, angelotes tocando las trompetas de la fama, cabezas de querubines, guirnaldas de frutas y flores, etc. La portada, en arco de medio punto, está flanqueada por dos pilastras, coronadas con entablamento muy volado y frontón partido con prominentes volutas que acogen el ático, cuya caja interior alberga un relieve de la Virgen de la Soledad, rematado con un frontón curvo partido, sobre el que campea San Miguel Arcángel venciendo a Lucifer en forma de dragón. A ambos lados, en posiciones muy dinámicas, se representan alegorías de las virtudes: en las jambas, la Fe y la Esperanza y sobre las volutas de los frontones, la Justicia y la Fortaleza, siguiendo el mismo modelo de la portada de la capilla de San Juan Bautista. Aunque en origen la capilla fue propiedad de la familia Corella, cuyos escudos figuran en la portada, la bóveda y el retablo, posteriormente se convirtió en panteón de los Larraga.
El retablo, de madera dorada y policromada con profusa decoración vegetal, es obra de la primera mitad del siglo XVIII. Consta de banco con dos relieves en los que se representa la Huída a Egipto y la Caída de Cristo en la vía Dolorosa. El cuerpo central contiene una hornacina en arco rebajado, flanqueada por dos columnas salomónicas a cada lado, que alberga una Piedad de bulto redondo. La Virgen sostiene el cuerpo inerte de su hijo, llevando sobre la cabeza siete espadas que simbolizan sus siete dolores. En la casa central del ático está San Antonio de Padua y en los laterales, San José y Santa Teresa de Jesús. De los muros laterales cuelgan dos lienzos con San Francisco de Paula y Santa María Egipciaca con San Zósimo. Sobre una repisa hay una escultura de bulto de Santa Lucía atribuida a Félix Malo.
Las capillas del Cristo y de Santa Bárbara son obra del tercer cuarto del siglo XVIII y fueron costeadas por el canónigo José Mateo. Flanquean la escalera que da acceso al órgano y fueron concebidas de un modo similar a como se idearon los retablos del trascoro, con mesa de altar, ensamblado de madera dorada con dos columnas y cascarón. Tienen profusa decoración rococó a base de rocallas, hojarasca, cabezas de querubines, pinjantes y espejos.
El retablo del Cristo presenta un sereno y elegante crucificado de tres clavos, de inicios del XVII, con rostro alargado y cuerpo bien proporcionado, inscrito dentro de una caja cruciforme, flanqueado por dos esculturas del siglo XVIII que representan a San Francisco de Paula y San Onofre.
El retablo de Santa Bárbara está presidido por tres esculturas de bulto redondo. La central muestra a la titular ricamente vestida con túnica y manto, portando la palma del martirio y la torre a los pies, flanqueada por un Apóstol sin identificar, el Arcángel San Miguel y un San Eloy moderno que ha sustituido a un San Valero que hubo en el ático.
El órgano fue encargado por el cabildo al maestro Silvestre Thomás, vecino de Zaragoza, según un contrato firmado el 19 de enero de 1762, con la obligación de aprovechar todos los elementos que se pudiera del anterior. En 1864 fue reparado y perfeccionado por el italiano Juan Florenzano. Entre 1974 y 1985 fue restaurado por el organero holandés Gerhard de Graaf. Desde el punto de vista formal, está montado sobre un balcón con balaustrada, que soporta la mesa del teclado y, sobre ella, se sitúa la caja de madera donde se alojan los tubos y trompetería vertical y horizontal, quedando oculto el fuelle y los mecanismos de insuflar aire en las tuberías. La caja es de madera de nogal, se organiza en cinco calles separadas con pilastras en el cuerpo central y tres en el ático, con remate en frontón triangular. La decoración vegetal, ángeles trompeteros y querubines son coherentes con el repertorio de la sillería.
La capilla de la Inmaculada Concepción, situada en el lado del evangelio, es de planta rectangular y se cubre con bóveda de lunetos. Se accede a ella a través de una portada en arco de medio punto flanqueada por dos pilastras dóricas, con friso de triglifos y metopas y frontón curvo partido desarrollando volutas con el escudo de la familia Pujadas de Velozpe (o Berosque), que usaron este espacio como panteón.
Su retablo debe datarse hacia 1625. Se ha atribuido a los mazoneros de Calatayud Jaime Viñola y Antonio Bastida y al escultor Francisco del Condado. En su banco hay tres relieves que representan la Anunciación, el Nacimiento y la Visitación. El cuerpo central, con una hornacina, está flanqueado por dobles columnas corintias cuyo tercio del imoscapo está retallado, quedando los restantes entorchados. Los entablamentos, muy volados, aparecen rematados por un frontón curvo partido con alegorías de la Fe y la Esperanza recostadas, protegiendo un ático con un Santo Obispo sin atributo.
La Inmaculada que preside la hornacina central debe ser fechada en la segunda mitad del siglo XVIII. Está esculpida en madera policromada y muestra a María en edad adolescente. Tradicionalmente se ha atribuido al escultor Félix Malo. Para evocar a la mujer apocalíptica, se añadió un nimbo metálico con doce estrellas de cinco puntas engastadas de brillantes. En el crucero norte está colgado un óleo sobre lienzo de gran tamaño, ejecutado en la segunda mitad del siglo XVII, atribuido tradicionalmente al pintor bilbilitano Francisco Vera Cabeza de Vaca, en el que se representa a la Sagrada Familia celeste en la parte superior, con Dios Padre como el anciano de los días y el Espíritu Santo en forma de paloma, rodeados de ángeles adorantes y músicos, y la Sagrada Familia terrenal en la parte inferior, con San José, la Virgen, el Niño, Santa Ana y San Joaquín, en un paraje silvestre con una ciudad al fondo que algunos autores han identificado como una vista de Calatayud.
La capilla de la Soledad y su retablo están condicionados por el espacio disponible que deja el acceso a la sacristía. Sobre la mesa de altar se eleva un armazón de madera de la segunda mitad del siglo XVIII, dorado y policromado en verde, enriquecido con querubines, guirnaldas y flameros. Dentro de la hornacina central se labró un relieve, atribuido a Félix Malo, que representa a la Virgen, llevándose la mano derecha al pecho, en actitud doliente, asiendo con fuerza un paño que ocasionalmente se ha interpretado como el velo de la Verónica, mirando al cielo con gesto expresivo, vestida con túnica clara y manto azul y en forzado contraposto. Sobre el relieve, protegido bajo una tarja, se dispone el Sagrado Corazón de la Virgen traspasado por una espada, en alusión al primero de los dolores de María.
