ARTE

Colegiata de Santa María la Mayor de Calatayud

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Texto: JOSÉ LUIS CORTÉS PERRUCA
Publicación: Programa de Ferias y Fiestas de Calatayud. Septiembre 2022
Editado por: Ayuntamiento de Calatayud

El templo es una iglesia de planta de salón o hallenkirche, de tres naves de igual altura, aunque la central casi dobla en anchura a las laterales. A estas se abren doce capillas, incluida la mayor, entre contrafuertes. Cuenta con crucero levemente acusado en planta y cubierto con una cúpula sobre pechinas, en las que aparecen, en tondos de madera tallada y dorada, los Cuatro Evangelistas. La cúpula dispone de tambor, abierto por ocho ventanas decoradas con dobles pilastras de orden dórico que alternan con otras tantas hornacinas con santos de bulto redondo de madera policromada representando a San Pedro, San Pablo, San José, San Gaudioso, San Vicente Mártir, San Lorenzo, San Prudencio y San Millán.

Uno de los detalles más espectaculares del templo corresponde a la visión del conjunto que componen el trascoro y las portadas de las capillas laterales, fruto del mecenazgo de ilustres familias y personajes de la ciudad que entre los siglos XVII y XVIII enriquecieron su ajuar litúrgico.

Todas las capillas revisten un gran interés, pero por sus magníficas portadas destacan las de San Juan Bautista –patrocinada por Mª Ángela de Sesse–, , la de la Virgen de los Dolores –de la familia Corella– y la de San Joaquín y Santa Ana –que tenía la condición de parroquia y albergaba el sepelio de los canónigos–o la de la de San José –fruto del mecenazgo del gremio de carpinteros de la ciudad– donde el patrón de la buena muerte endulza su tránsito con una taza de chocolate y un bizcocho bilbilitano.
En la confección de estas magníficas portadas se emplearon, sabiamente combinados, materiales como el yeso –para los grupos escultóricos– y piedras tales como el mármol negro de Calatorao, el alabastro de Fuentes de Jiloca y los jaspes de Ricla y Alhama de Aragón.

Piedras que se utilizaron también para modular el basamento del trascoro, ubicado en el corazón del templo. Tres de sus lados se articulan con una veintena de hermosas columnas salomónicas de piedra de Calatorao provistas de capiteles corintios de madera dorada que delimitan un total de siete altares –cuatro de los cuales albergan devociones marianas– y diez hornacinas con relieves e imágenes de los Santos Padres de la Iglesia y otros personajes sacros. El cuarto frente, que mira a la capilla mayor, se cierra con una espectacular cancela de bronce que corona un bellísimo grupo escultórico de la Virgen Asunta. El conjunto se culmina mediante un espectacular entablamento de yeso sobre el que se despliega un magnífico decorado con imágenes de santos, ángeles y devociones marianas. Un protagonismo singular recae en las dos imágenes ecuestres: San Jorge de Capadocia y Santiago Matamoros. Todo gira en el coro, centro de la vida capitular, en torno a la música del órgano; en este caso a la que proporciona un instrumento barroco realizado por el organero Silvestre Thomas en 1762, último eslabón en una cadena órganos que remonta a las décadas finales del siglo XV.

Financiado por infanzón bilbilitano Juan Miguel Pérez de Nueros y Fernat, el coro ha llegado a nuestros días casi con todo su esplendor original. El interior dispone de doble sillería en tres de sus lados; en el cuarto, que se abre a la capilla mayor, se sitúa el comulgatorio desde el que los capitulares seguían la liturgia. Los estalos fueron tallados en madera de nogal con profusión de motivos vegetales, mascarones, guirnaldas, águilas, cabezas de querubines y cabezas femeninas. El facistol, por su parte, está coronado con un templete con la imagen de Cristo portacruz.

La capilla mayor fue rematada bajo el episcopado de Martín Terrer de Valenzuela, prelado turiasonense entre 1614 y 1630. El retablo mayor, atribuido a Jaime Viñola y Pedro de Jáuregui, contiene escenas en relieve que narran la vida de la Virgen María. En 1780 la imagen titular de la Asunción de María fue sustituida por el grupo escultórico que se conserva en la actualidad, realizado por el escultor Gabriel Navarro; no obstante, el grupo romanista original se expone en el Museo Colegial.

En el presbiterio, a los pies del retablo mayor, descansan los restos mortales de dos obispos: D. Pedro Cerbuna, fundador de la Universidad de Zaragoza, y Vicente Ortiz y Labastida. Personajes ilustres que esperan el día de la resurrección en el lugar en donde reyes y nobles dejaron sus enseñas y armas, entre ellos los escudos votivos de Fernando II el Católico y Carlos I: Y también los reposteros bordados en sedas y oro de los propios Reyes Católicos y varias de las familias más relevantes de la ciudad.

Por Real Orden de 14 de junio de 1884, el templo de Santa María de Calatayud fue declarado Monumento Nacional, quizá por la bellísima portada renacentista y sus puertas. Según reza una de las cartelas acomodadas en los laterales de la misma, se concluyó en 1528, siendo en ese momento el emperador Carlos V Rey Católico de España:

XACTUM OPUS ANNO MDXXVIII. K° V o IMPERANTE HISP. REG. CATHO.
Y en la cartela ubicada en el lado opuesto se recuerda que los trabajos se desarrollaron durante el pontificado romano de Clemente VII y el episcopado de Gabriel de Ortí:

CLEMENTE VII PONT MAX GABRIELE DE ORTI TIRASON EPO.
No se consignó, sin embargo, el nombre del personaje que promovió la obra y que fue, sin duda, también el que puso más caudales para llevarla a buen puerto. Su patronazgo queda encriptado en los dos grandes escudos que flanquean el ático: dos tarjas que muestran una estrella y una hoja de roble, las armas de Pedro de Villalón, natural de Calcena, y estrecho colaborador en la corte romana del papa Julio II della Rovere, quien poco antes de fallecer premió la fidelidad de Villalón con los deanatos de Tudela y Calatayud. A la muerte del sumo pontífice, Villalón, hombre curtido en la Roma del Quattrocento, regresó para tomar posesión de sus prebendas en la diócesis de Tarazona.

En Tudela, el deán Villalón tuvo contacto con un artista francés, Esteban de Obray, que dominaba el lenguaje renacentista que aquel había admirado en Roma. El resultado fueron una serie de colaboraciones entre el mecenas y el escultor normando, sobresaliendo la maravillosa portada renacentista (1525-1528) que da acceso a nuestro templo; una empresa que Obray compartió con el enigmático Juan de Talavera y en la que, además, probablemente contó con la ayuda de un compatriota, el escultor Gabriel Joly.

El repertorio decorativo es fascinante: las imágenes se enmarcan en una elegante arquitectura cubierta con una decoración de tono mitológico a base de grutescos y motivos a candileri entre los que abundan las sirenas, los grifos o las arpías… Repertorio que también luce la doble puerta de madera que alberga la portada y ofrece un bello contrapunto al limpio alabastro de las canteras de Fuentes de Jiloca usado en su confección.